Taytacha Clouseau
Domingo 28 de Junio, 2009 por Fernando ValenciaPara quienes estamos en la acera de Patricia del Río, la siguiente historia confirma nuestra “hipótesis” sobre la afiebrada paranoia del gobierno y sus defensores. Sengo Pérez, el querido fotógrafo uruguayo más peruano que la papa, fue detenido a mitad de semana por la Policía porque agentes de Seguridad del Estado lo vieron conversando en el Cusco con un huelguista de Sicuani. Por su facha (barbudo y colorao) creyeron que podría ser la “pieza” que faltaba encontrar para demostrar -por fín- la existencia de un “complot internacional contra el Perú”. Felizmente, horas después Sengo fue liberado. Esta es la increíble historia contada por él mismo:
Parece broma, no lo fue. Una simple conversación con un campesino de Sicuani que formaba parte de los manifestantes que se aprestaban a iniciar una serie de acciones de protesta en Cusco, desató una operación de inteligencia (?) que culminó con mi detención-retención en Seguridad del estado. Esa conversación consistió en preguntarle (en mi condición de periodista) al huelguista: cuántos eran, qué iban a hacer, por donde iban a marchar, etc.
Obtenida la información seguí mi camino hacia ningún destino, solo trataba de aprovechar el escándalo de Sol, que es Cusco en las mañanas. Nunca imaginé que ese peregrinaje sin rumbo fuera objeto de un “seguimiento” por parte de la policía. Al parecer mi aspecto de extranjero despertó la sospecha de los sagaces sabuesos quienes creyeron ver en mí a un infiltrado venezolano que agitaba a la masa “insurrecta”.
Después de una caminata de unas dos horas (imagino ahora, que en un momento que caminé una cuadra para regresar sobre mis pasos debo haber motivado frases que de radio a radio exclamaban ¡atención, atención, nos quiere despistar, nos ha descubierto!) Me dirigí al encuentro tan temido con Xiomara, la dentista que se ocupa de mi maltratada dentadura.
Mientras esperaba leyendo esas revistas de actualidad con fecha de meses atrás, tan común en los consultorios, me llamó la atención la aparición de dos personajes que le pidieron a la recepcionista hablar con el doctor. “No es doctor”, respondió ella. Bueno… “el odontólogo”, insistió uno de ellos. “La odontóloga” replicó la chica, y entraron. ( Me enteré después que hasta !llegaron a pedirle mi odontograma!)
Salieron y entré yo. Afuera esperaba turno mi hija Micaela, una encantadora adolescente de 14 años, (intento penetrar en el pensamiento de ellos y creo adivinarlo “mira, dice que es su hija, ja!… es sin duda una enana chavista disfrazada”)
Noté un poco nerviosa a Xiomara, a quien conozco y me conoce hace más de cuatro años. “Sengo - susurró- no debería decírtelo pero afuera te esperan dos policías que te consideran un agitador venezolano”. La frase debería ser: “me dejó de boca abierta”, pero ya estaba. ¿De qué otra manera puede estar uno en el sillón de un dentista?
Seguro de mi condición de uruguayo, periodista y solamente agitador de cocteleras, salí luego de la curación al encuentro de la autoridad. Haciéndome el desconocedor de la situación besé tiernamente a mi hija y salí a la vereda. Allí fui abordado por un elegante joven enternado que mostrándome una placa que no alcancé a leer bien (necesito, ya a mis cuarentaisiete, anteojos para esos menesteres) me pidió que me identificara.
Al costado otro policía de civil me miraba de pesado como para intimidarme, y en la esquina asomaba la trompa de una camioneta policial con agentes, estos sí uniformados. Detrás de mí en la puerta del consultorio los dos primeros. Completamente rodeado. Saqué mi carné de extranjería, y dos carnets de prensa, los dos auténticos, lo juro.
Luego de la escrupulosa lectura de los tres documentos creí, casi estoy seguro, escuchar algo así como: “no es el hombre” seguido de un “creo que nos equivocamos”. Me cargaron entonces en el vehículo policial y hacia seguridad (así, con minúsculas) del estado me trasladaron.
Durante el trayecto y ya convencidos de mi “inocencia”, uno de ellos se desvivía en explicarme el por qué del error que habían y estaban cometiendo: “es que los agentes los vieron conversando y con su aspecto de extranjero y, como no lo conocían, desataron la operación“.
Previa constatación con la oficina de Migraciones en Lima de que yo era quien decía ser, me dejaron en libertad de movimientos. Esta operación-opereta, digna de ser dirigida por el inspector Clouseau solo confirma que el sentido común es el menos común de todos los sentidos pero es preocupante imaginar que cualquier persona con aspecto de extranjero y solo por el hecho de conversar con un huelguista pueda vivir esta situación (imaginen si este extranjero es venezolano o boliviano)
En mi caso, ¿no alcanzaba en el momento de estar en la concentración de los huelguistas que se acercaran y me pidieran que me identificara?
Sengo Pérez
Uruguayo, periodista, parrillero y artiguista.
Pd: Estoy pensando seriamente en interrumpir la próxima celebración del Inti- Raymi y al grito de “vamo Uruguay nomá” y “aguante Tabaré Vásquez” ataviado con un humilde taparrabo charrúa dejar constancia de la existencia de ese pequeño país que me vio nacer.





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